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jueves, 10 de noviembre de 2016

El Cristo del Consuelo, otro Pereira en Madrid.


La iglesia del Inmaculado Corazón de María (Padres Claretianos) de la calle de Ferraz atesora otro magnífico Cristo del escultor portugués Manuel Pereira.

Se trata de la imagen del Cristo del Consuelo, también conocida como Cristo de Quintanar que, según la tradición, habló a San Antonio María Claret cuando este rezaba en la capilla de los Marqueses de Quintanar.  


La imagen se encuentra en una capilla situada a los pies del templo y según reza una lápida a la entrada de la misma se puede leer:

ESTA MILAGROSA IMAGEN LLAMADA VULGARMENTE SANTISIMO CRISTO DEL CONSUELO se veneraba en la capilla del palacio de los marqueses de Quintanar de Segovia donde según una tradición fidedigna habló a San Antonio Mª Claret mientras oraba devotamente ante ella.


Sobre la procedencia de la bellísima imagen y su traslado hasta el corazón del barrio de Argüelles da fe otra lápida situada a la entrada de la capilla, en la jamba opuesta a la anterior, que dice:

SANTISIMO CRISTO DE QUINTANAR con la anuencia y generosidad del actual marqués de Quintanar Excmo. Sr. D. Fernando Gallego de Chaves ha sido donado a la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María para su culto y veneración.

Fue, por tanto, el VIII marqués de Quintanar D. Fernando Gallego de Chaves y Calleja  (1889-1974) quien donó la talla a la Parroquia del Inmaculado Corazón de María entre los años 1953 y 1958. La talla del siglo XVII, en madera policromada, fue restaurada por Florentino Trapero en 1958.

Aunque el Cristo del Consuelo pertenece al grupo de "tres clavos" guarda gran similitud con el Cristo del Olivar, del grupo de "cuatro clavos", en la posición y ángulo de los de brazos y  en la idéntica expresión de serenidad del rostro, tan característica en la obra del admirado escultor portugués.





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Fotos:

Pessoas en Madrid
lahornacina.com, Semblanzas.

Fuente:

ABC

lunes, 4 de abril de 2016

Carambola luso-cervantina

Supuesto retrato de Cervantes atribuido a Juan de Jáuregui


Con motivo del cuatrocientos aniversario de la muerte de Miguel de Cervantes  (Alcalá de Henares, 29 de septiembre de 1547 – Madrid, 22 de abril de 1616) nos acercamos a la gran exposición conmemorativa dedicada al autor de El Quijote titulada "Miguel de Cervantes: de la vida al mito (1616-2016)".

Entre los muchos documentos esclarecedores que se exponen para conocer mejor su vida encontramos un elogio de la ciudad de Lisboa, incluido en su obra póstuma del Persiles. El contexto del relato hay que situarlo cuando Cervantes sigue los pasos de Felipe II hacia Lisboa, desde la primavera de 1581 a la de 1583, donde el rey habría de ceñirse la corona lusa. Allí encaminará sus pasos, sus ilusiones y pretensiones de una merced.

Dice así el certero elogio:
-Agora sabrás, bárbara mía, del modo que has de servir a Dios, con otra relación más copiosa, aunque no diferente, de la que yo te he hecho; agora verás los ricos templos en que es adorado; verás juntamente las católicas ceremonias con que se sirve, y notarás cómo la caridad cristiana está en su punto. Aquí, en esta ciudad, verás cómo son verdugos de la enfermedad muchos hospitales que la destruyen, y el que en ellos pierde la vida, envuelto en la eficacia de infinitas indulgencias, gana la del cielo. Aquí el amor y la honestidad se dan las manos, y se pasean juntos, la cortesía no deja que se le llegue la arrogancia, y la braveza no consiente que se le acerque la cobardía. Todos sus moradores son agradables, son corteses, son liberales y son enamorados, porque son discretos. La ciudad es la mayor de Europa y la de mayores tratos; en ella se descargan las riquezas del Oriente, y desde ella se reparten por el universo; su puerto es capaz, no solo de naves que se puedan reducir a número, sino de selvas movibles de árboles que los de las naves forman; la hermosura de las mujeres admira y enamora; la bizarría de los hombres pasma, como ellos dicen; finalmente, esta es la tierra que da al cielo santo y copiosísimo tributo. (Capítulo I, del libro III)

En estos días también se habla mucho de la madrileña Plaza de España, de su futura remodelación y el incierto destino del monumento a Cervantes si es, finalmente, confiado al juicio de una participación ciudadana mal concebida.



El monumento de la plaza de España a Miguel de Cervantes tiene su frente oeste o principal orientado hacia la Cuesta de San Vicente y forma un conjunto con la fuente mural adosada a la cara oriental del grupo escultórico, Fue fruto de un concurso que ganaron los arquitectos Rafael Martínez Zapatero y Pedro Muguruza Otaño y el escultor Lorenzo Coullaut Valera, iniciándose las obras en 1925 y concluyéndose provisionalmente en 1930 (con exclusión de algunos elementos y la posterior adición de otros en las décadas de los cincuenta y sesenta).

Complementa el conjunto una fuente monumental adosada a su frente posterior y oriental, de carácter mural, frente al Edificio España. Es reconocida como Fuente del Idioma Castellano por las simbólicas y directas alusiones a la Literatura y al Lenguaje, lo que refuerza la relación con el monumento al escritor, cuyas obras fueron las principales divulgadoras del idioma castellano y, por extensión, del español. 



La fuente está ornamentada con diversos motivos arquitectónicos y escultóricos, una figura femenina en la cúspide y dos alegorías masculinas en las orejas del hastial.

La figura femenina es la alegoría sedente de la Literatura, que preside todo el conjunto de la fuente desde su coronación en el eje de la misma. Peinada, vestida y adornada según los usos de la época como una mujer de la aristocracia o la realeza, se sienta en una suerte de trono de líneas geométricas neorrenacentistas y apoya sus pies en un cojín con borlas sobre un basamento curvo. Mientras la mano derecha apoya en su regazo, la izquierda sostiene un libro abierto.

Las figuras laterales representan las alegorías masculinas de los dos rasgos más característicos de lo español en tiempos cervantinos: el Misticismo a la izquierda y el Valor Militar a la derecha. Ambas figuras están desnudas, aunque la militar lleva, cual representación de Marte, un casco y un escudo, y a los pies, figuraciones frutales.

Pero la carambola luso-cervantina se produce en esta figura femenina alegórica de la Literatura.

Si Miguel de Cervantes quedó fascinado con la ciudad de Lisboa y sus damas, llegando a decir "Para galas Milán, para amores Lusitania", resulta tremendamente curiosa la elección, en época contemporánea, de una dama portuguesa para representar la alegoría de la Literatura, empleando como modelo iconográfico el de la emperatriz Isabel de Portugal y su imagen más fiel, creada al alimón entre el emperador Carlos y Tiziano.





No hemos encontrado más documentación sobre la elección de la emperatriz Isabel de Portugal como modelo de esta alegoría que pueda arrojar algo de luz sobre el asunto. Nos quedamos con el modelo de virtudes que representa esta dama y con la historia de amor real protagonizada por la pareja imperial como posible fuente de inspiración literaria en época cervantina.



Fuentes:

monumentamadrid

Museo del Prado

miércoles, 8 de julio de 2015

Manuel Correa


Foto: Pasión por Madrid

Manuel Correa (Oporto, c. 1600 — Madrid, 1667), fue un escultor portugués considerado discípulo y colaborador de Manuel Pereira.

Su estancia en España está documentada a partir de 1644 cuando testificó ante el Santo Oficio en el proceso abierto contra el escultor navarro José Martínez, diciéndose natural de Oporto y edad de 44 años, avecindado en Madrid en la calle de Huertas. 

Cinco años después, en 1649, contrató junto a los pintores Antonio Ponce y Francisco de Aguirre las decoraciones de las gradas de la iglesia de San Felipe Neri, con ocasión de la entrada en Madrid de Mariana de Austria.

En 1624 su maestro Manuel Pereira había concertado la talla de ocho estatuas para el retablo de la iglesia de Torrejón de Velasco (Toledo). Como quiera que en 1662 solo había acabado dos, encargó a su discípulo Manuel Correa que terminase las seis restantes. 

En su nombre se documentan también las esculturas de los santos titulares de la iglesia de los Santos Justo y Pastor de Toledo en 1653, además del Cristo de las Victorias colocado en el altar de la iglesia de la Asunción de Parla en 1665, obras todas ellas perdidas.



Afortunadamente, entre las obras de Manuel Correa que aún podemos ver en Madrid se encuentran las de San Juan de la Mata y San Félix de Valois, fundadores de los Trinitarios en el siglo XII, situadas a los lados del Retablo Mayor del Convento de las Trinitarias descalzas, dedicado a San Ildefonso (obra de Manuel de Mesa, del siglo XVIII). 



En 1655, Fernando Antonio de Solórzano, siguiendo las disposiciones testamentarias de su padre, contrató con Manuel Correa la ejecución de tres estatuas, las de sus padres Juan de Solórzano Pereira y Clara de Paniagua y la del obispo de Bogotá, Bernardino de Almansa, con destino al panteón familiar. 




Antonio Ponz llegó a ver las esculturas de los esposos en el lado de la epístola de la iglesia del convento del Caballero de Gracia. Sólo ha llegado hasta nosotros la del autor de la Política Indiana, perteneciente al Museo del Prado y guardada en depósito en el Museo Arqueológico Nacional, tras haber ingresado en el Museo Nacional de Pinturas de la Trinidad.

Se trata de una estatua orante en alabastro blanco veteado de gris oscuro de gran calidad y presenta algunos desperfectos, como la rotura de las manos. El modelo iconográfico es el difundido por los Leoni en obras como las estatuas funerarias orantes de Carlos V o de Felipe II del monasterio del Escorial y se considera uno de los ejemplos más notables de la escultura funeraria madrileña del siglo XVII.



El escultor declaró en 1662 que había acabado una de las tres esculturas por lo que reclamó el pago correspondiente, hecho que ha facilitado la datación de la obra.



La figura orante está arrodillada sobre dos almohadones; viste calzas, ropilla, golilla almidonada y amplia toga -por su condición de jurista- que deja ver en el lado izquierdo la cruz de la Orden de Santiago. El rostro está basado en el retrato que aparece grabado en una de las obras jurídicas de Solórzano, la Política Indiana, publicada en 1647.






Juan de Solórzano Pereira (1575-1655) ocupó el cargo de oidor de la Real Chancillería del Perú desde 1610. Residió en Lima casi veinte años, destacando en su defensa de los derechos de los indios. A su regreso, Felipe IV le nombró fiscal de los consejos de Hacienda, Indias y Castilla, y caballero de Santiago. 

Renombrado jurista y escritor, heredó el Patronato de la capilla mayor de la iglesia del Convento de Caballero de Gracia de Madrid y decidió convertirla en panteón familiar.  


Manuel Correa falleció en Madrid el 14 de abril de 1667; dos días antes había otorgado poder para testar dejando por testamentarios a su mujer, Francisca de Peñalosa y al arquitecto Sebastián de Benavente.

martes, 4 de noviembre de 2014

Santa Isabel de Portugal, por Pereira

Santa Isabel de Portugal

Santa Isabel de Portugal, hija del rey Pedro III de Aragón y nieta de Jaime I el conquistador, recibió el nombre de su tía abuela santa Isabel de Hungría, canonizada en 1235 y con quien a veces se confunde su iconografía. Se casó con el rey D. Dinis de Portugal soportando con paciencia los ultrajes de su belicoso e infiel marido. 

Reina ejemplar, tenaz y prudente, llegó a interponerse en pleno campo de batalla entre su hijo y su marido enfrentados por el poder y se distinguió por su amor a los pobres y su caridad incansable. Muerto el rey en 1325, tomó el hábito terciario de San Francisco y mandó construir en Coimbra un convento de clarisas  donde terminó sus días en 1336. Fue canonizada en 1625 por el papa Urbano VIII.




El "milagro de las rosas", común a santa Isabel de Hungría, a santa Casilda y a san Diego de Alcalá, aparece en todas las narraciones de su vida: Cierto día la reina llevaba disimulada en sus ropas una gran cantidad de monedas para dar a los pobres. Al encontrase con el rey, quien le había prohibido dar limosnas, dijo apurada que sólo llevaba flores ("¡são rosas!") pudiendo, efectivamente, mostrar a su esposo un manojo de rosas.

Traemos este personaje a nuestras páginas porque la exposición de obras de arte que Patrimonio Nacional exhibe actualmente en el museo de la Fundación Gulbenkian de Lisboa, a la que hicimos referencia en el anterior post, nos ha dado la oportunidad de conocer, a través de su página web, una obra excepcional del escultor barroco portugués, afincado en Madrid, Manuel Pereira que nos pasó inadvertida en el estudio de su obra y estaba ausente en los inventarios consultados.



Su procedencia es del monasterio de Clarisas Descalzas de Madrid (Descalzas Reales) más concretamente de su sala capitular donde antiguamente se reunía la comunidad en capítulo para tratar los asuntos de especial importancia.

En esta sala se exponen algunas de las esculturas de mayor calidad del monasterio, con obras de Pedro de Mena, Gregorio Fernández, Sebastián Herrera Barnuevo, José Risueño y Manuel Pereira.


La talla que nos ocupa está realizada a escala natural y reune todas las características que tanto nos gustan del escultor portugués: un naturalismo sin afectación, arrogancia en su apostura, esbeltez, elegancia y la justa cantidad de realismo dramático y de dulzura. Su estado de conservación es extraordinario. 

Manuel Pereira (1588-1683). Santa Isabel de Portugal. c. 1625.
 Madera tallada policromada. 180 x 88 x 55 cm. 
Monasterio de las Descalzas Reales. Inv. 00612119.
Fotos: Fundación Gulbenkian.


ARTÍCULOS RELACIONADOS:

Un breviario muy viajero
Dos objetos de Bárbara de Braganza (y II)

Fuentes:

Museu Calouste Gulbenkian
Museo del Prado
Patrimonio Nacional. Monasterio de las Descalzas Reales.

martes, 1 de julio de 2014

Museo Machado de Castro

Capilla del Tesorero. João de Ruão.
Foto: Viajar con el Arte de Sira Gadea

No, hoy no estamos en Madrid, ni siquiera en España. Se trata del Museu Nacional Machado de Castro de Coímbra que traigo a nuestras páginas para que, no sólo conozcáis sus fondos y su última y espectacular ampliación a cargo del arquitecto Gonçalo Byrne, sino el gran reportaje que, como siempre, ha hecho Sira Gadea en su increíble blog Viajar con el Arte.

Sira Gadea nos cuenta que el museo se erige sobre el antiguo Foro de época romana, a su vez construido sobre un criptopórtico que todavía se conserva, un inmenso podio con dos galerías abovedadas que constituye una asombrosa obra de ingeniería del siglo I dC.


Galerías del criptopórtico. Foto: Diario Público 

Advertencia: 
La lectura de este blog puede provocar la reacción conocida ahora como Stendhalazo, antes síndrome o mal de Stendhal.
¡Que lo disfrutéis!

Fuente: Viajar con el Arte

martes, 24 de junio de 2014

João Fernandes y el MNCARS

                                

João Fernandes (Bragança, 1964) es desde el 8 de noviembre de 2012 el nuevo Subdirector Artístico del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en sustitución de Lynne Cooke, quien ocupaba el puesto desde 2008.
Desde 2011 ha comisariado para el MNCARS las siguientes exposiciones:

- Locus Solus. Impresiones de Raymond Roussel. Edificio Sabatini, Planta 1
  (25 octubre, 2011 - 27 febrero, 2012)



- Cildo Meireles. Palacio de Velázquez, Madrid
  (24 mayo – 29 septiembre, 2013)



Foto: Pessoas en Madrid

- Roman Ondák. Escena. Palacio de Cristal, Parque del Retiro, Madrid.
  (19 septiembre, 2013 - 23 febrero, 2014)



- El tiempo y las cosas. La casa-estudio de Hanne Darboven. Edificio Sabatini, Planta 3     (26 marzo – 1 septiembre, 2014)


João Fernandes es licenciado en Lenguas y Literaturas Modernas por la Universidad de Oporto y cuenta con estudios de postgrado de la Universidad de Lisboa. En 2003 fue nombrado director del Museo Serralves donde ha programado y comisariado exposiciones de artistas como Eduardo Batarda, Dara Birnbaum, Lourdes Castro, François Dufrêne, Barry Le Va, Manoel de Oliveira, Júlio Pomar, Robert Rauschenberg, Paula Rego o Alvaro Siza, Como director adjunto del Museo Serralves, cargo que ocupó anteriormente, entre 1996 y 2003, organizó exposiciones sobre la obra de Tacita Dean, Pierre Huyghe, Fernando Lanhas, Alburquerque Mendes, Lygia Pape, Joana Vasconcelos o João Vieira.

En sus inicios profesionales, además de su labor docente en el Instituto Politécnico do Porto (1987–1995), trabajó como comisario independiente, organizando las Jornadas de Arte Contemporânea de Oporto (1992–1996), en las que se presentaron por primera vez en Portugal obras de artistas como Christine Borland, Douglas Gordon, Richard Long o Rirkrit Tiravanija. Organizó y comisarió la representación portuguesa de la 1ª Bienal de Johannesburgo (1995), la 24ª Bienal de Arte de São Paulo (2003) y, conjuntamente con Vicente Todolí, la 50ª Bienal de Venecia (2003).


Desde 2004 coordinó la programación del Festival de Artes Visuales y Performativas “Serralves em Festa”. Ha sido miembro del jurado en la École Nationale Supérieure des Beaux-Arts de París (2005) y del Jurado Internacional de Selección de Comisario de la Bienal de São Paulo (2006). Asimismo, ha comisariado numerosas muestras con la Colección de la Fundação Serralves en varias ciudades, tanto en Portugal como en otros países.

En su faceta académica, João Fernandes ha colaborado con distintas instituciones: Universidad de Lisboa, Universidad de Coimbra, Universidad de Oporto, Complutense de Madrid o la Universidad de Santiago de Compostela. João Fernandes es miembro del Conselho Geral da Universidade do Minho y del Conselho de Representantes da Faculdade de Belas Artes do Porto y da Faculdade de Arquitectura de Oporto, así como del IKT (Internationale Kunstausstellungsleiter – Tagung).



Fuente de texto y fotos:
MNCARS

miércoles, 2 de octubre de 2013

Manuel Pereira (y II)


Iglesia del convento de San Plácido. Madrid.
Foto: turismomadrid.com


El escultor portugués Manuel Pereira instaló su prestigioso taller en la calle Cantarranas (actual Lope de Vega) de Madrid hacia 1646. Allí convivió junto a su familia, madre y hermano (el también escultor Pantaleón Gómez). Su vida conoció los éxitos y fracasos propios de los artistas, conociendo incluso la prisión en 1635 cuatro años antes de fallecer su mujer, debido a las deudas contraídas. Pudo liberarse de ella gracias a sus fiadores y colaboradores, el ensamblador Juan Bautista Garrido y el pintor Giuseppe Leonardo.   

Recibió el nombramiento de Familiar del Santo Oficio, un titulo muy apreciado por él según se deduce de su testamento, en cuyo encabezamiento antepone este título al oficio de escultor, tras presentar las pruebas pertinentes de limpieza de sangre y alegando ser descendiente de "cavalleros fidalgos del Reyno de Portugal".

Su deseo de ascender socialmente se vio cumplido al llegar a disfrutar de una desahogada posición económica y al conseguir casar a su hija Damiana con D. José de Mendieta, caballero de la Orden de Santiago, a la que también llegaron a pertenecer sus nietos.

En Madrid realizó una copiosa producción escultórica, en piedra, alabastro y madera. Sus modelos, especialmente la iconografía de crucificados vivos y santos, ejercieron una gran influencia en la escultura madrileña de su tiempo, en una época de gran demanda de imágenes para las iglesias de Madrid y alrededores.


Ya desde la capital de España realizó encargos para Alcalá de Henares, Loeches y Torrejón de Velasco -como ya vimos-, Amorebieta, Ávila, Burgos, Longares, Martín Muñoz de las Posadas, Murcia, Pamplona, Salamanca, Segovia, Sevilla y Soria.

También envió obras desde Madrid al convento portugués de Santo Domingos de Bemfica por encargo del conde de Figueiro, de las que se conservan un singular crucifijo y una Virgen del Rosario de gran dulzura en su rostro, trabajando como colaboradores su hermano Pantaleón y los escultores Manuel Correa, también originario de Oporto, Manuel Delgado y el navarro José Martínez. 




Fotos: Jesús Urrea

Manuel Pereira alcanzó una edad longeva, observándose en su etapa final cierta influencia de Alonso Cano, si bien durante los diez últimos años de su vida sufrió una paulatina ceguera que le fue apartando de la vida profesional.

Su ciclo vital se inició en un Portugal recién anexionado a la corona española, vivió y trabajó en un reino que fue dual más de sesenta años y murió como extranjero en Madrid en 1683 a punto de cumplir los 95 años de edad.

Gracias a las investigaciones realizadas por Mercedes Agulló Cobo y Jesús Urrea Fernández podemos hacer un completo recorrido cronológico por las obras madrileñas de Pereira, muchas de las cuales conocemos en todo su esplendor si bien, en muchos casos, la tarea de reproducirlas no resulta nada fácil por no decir que se trata de una misión imposible. Por ello agradecemos también a los autores de algunas de las fotografías que, por su dificultad, hemos utilizado para ilustrar este artículo:

  • El Cristo del Olivar, tallada en 1647, preside el oratorio de igual nombre y tiene como todos los Cristos del escultor unas esbeltas proporciones e influencias del granadino Alonso Cano.


Foto: Pessoas en Madrid


  • El Cristo del Perdón. Representaba a Cristo arrodillado sobre la esfera del mundo intercediendo ante el Padre por los hombres. Desapareció junto al convento del Rosario de Madrid en 1936. Podemos hacernos una idea suya por las réplicas que se hicieron de él como la de Comillas y la de Luis Salvador Carmona de 1751 para la Granja de San Ildefonso, repetida en Atienza y en el Convento de Nª Sª del Rosario de Nava del Rey.


Cristo del Perdón. Luis Salvador Carmona. Convento de los Sagrados
Corazones, Madres Capuchinas. Nava del Rey, Valladolid.
Foto: Domus Pucelae

  • Esculturas de San Antonio de Lisboa y Padua. Fueron talladas para la iglesia del Hospital de los portugueses. Sobre el dintel de la puerta de ingreso al templo se sitúa la hornacina que alberga la que talló en piedra hacia 1630-1647. Es una representación clásica de la iconografía del santo lisboeta a la que el autor le impregna de una especial ternura en la mirada que dirige al Niño.

Foto: Pessoas en Madrid

El retablo mayor lo preside una talla en madera policromada del santo realizada hacia 1632-1640. Se conserva muy reformada y repintada desde el siglo XVIII.

Foto: Pessoas en Madrid

  • Para la muy cercana iglesia del Convento de San Plácido realizó hacia 1668 las cuatro grandes tallas en madera policromada de San Anselmo, San Bernardo de Claravall, San Ruperto de Salzburgo y San Ildefonso. Están alojadas en las hornacinas de los machones del crucero del templo. Tienen una factura imponente con una policromía austera y expresividad concentrada. Su desigual calidad hace sospechar a Jesús Urrea la intervención de algún colaborador.



San Bernardo de Claravall.
Foto: Jesús Urrea. 

San Ruperto de Salzburgo.
Foto: Jesús Urrea.

San Ildefonso.
Foto: Jesús Urrea.

Se relacionan también con Pereira las esculturas de San Plácido y San Benito situadas en la parte baja de las calles laterales del retablo mayor.


Foto: turismomadrid.com

Y para la fachada del mismo templo talló en piedra un bellísimo altorrelieve de la Anunciación situado sobre el dintel de la puerta, así como un San Benito dentro de un nicho protegido por una reja.



Foto: Pessoas en Madrid


Foto: Pessoas en Madrid

  • Para la parroquia de San Andrés talló un gran número de esculturas entre 1658 y 1668. El retablo mayor alojaba las imágenes de la Virgen, San Andrés, San Pedro, San Pablo, Santa Teresa de Jesús, San Pedro de Alcántara, San Juan Evangelista, San Marcos, San Lucas y San Mateo mientras que la barroca capilla de San Isidro albergaba las de los diez Santos labradores (Adán, Eliseo, Alejandro, Eustaquio, Orencio, Simeón, Emeterio, Lamberto, Galdénico y Esteban). Estas últimas fueron trasladadas al Colegio Imperial en el siglo XVIII donde fueron pintadas de blanco, según el gusto neoclásico de la época. Todas ellas desaparecieron en 1936.


San Esteban labrador.
Foto: Jesús Urrea.

Antonio Palomino le atribuye también las estatuas de piedra de la Virgen, San Isidro y San Andrés perdidas a excepción de la del titular de la parroquia, que tras un largo periodo de abandono por el jardín y decapitada ha sido recientemente restaurada y colocada en una de las portadas laterales de la Capilla de San Isidro.

Foto: Pessoas en Madrid


  • San Antonio Abad fue esculpido en piedra para la portada del convento de Las Maravillas y en talla procesional para la parroquia de San Luis, ambos realizados hacia 1644 y desaparecidos en 1936.

  • Para el convento de Las Maravillas también realizó una escultura en mármol y piedra de Tamajón de la Virgen con el Niño, hacia 1644.

  • San Agustín y San Felipe fueron igualmente tallados en piedra en 1638 y en 1646 respectivamente. Los conventos de sus titulares fueron derribados en el siglo XIX.

  • Idéntica suerte corrieron las esculturas de San Benito y San Martín y sus respectivos conventos, atribuidas por Antonio Palomino y Ceán Bermúdez respectivamente.

  • El convento de Santo Tomás fue derribado tras un incendio en 1875 y con él también desaparecieron las imágenes de San Pedro y San Pablo realizadas para la capilla de Santo Domingo en Soriano.

  • La Virgen de Montserrat fue tallada en 1641 en madera policromada por el pintor y amigo del maestro Luis Fernández. Preside el retablo mayor de la iglesia de Nuestra Señora de Montserrat.


Foto: Viendo Madrid


  • Santa Isabel de Portugal. Talla en madera policromada. c. 1625. 180 x 88 x 55 cm.
    Monasterio de las Descalzas Reales. Inv. 00612119.



Al conocer el carácter ascético de la obra madrileña de este escultor, podemos comprender la inquietud y admiración que esta provocaba en un inteligente y mundano Felipe IV.

Casi dos décadas después de contemplar embelesado a San Bruno, el rey tendría aún que soportar las altivas y severas miradas de San Anselmo, San Ruperto o San Ildefonso cuando este cruzara la penumbra de la iglesia de San Plácido en busca de una aventura amorosa en el interior del convento. No en vano, cuenta la leyenda, que el arrepentimiento fue grande y en pago por tal pecado ofrecería al convento el Cristo pintado por Velázquez.

Esta vez, sus pensamientos serían parecidos al nuevamente hamletiano:

Ser o no ser, esa es la cuestión.




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BIBLIOGRAFÍA:

DOMUS PUCELAE. J. M. Travieso.
lahornacina.com, Semblanzas.