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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Dos objetos de Bárbara de Braganza (y II)

Corrado Giaquinto (1703-1766). Silla de manos de la Reina
 Bárbara de Braganza. Segundo tercio del siglo XVIII.
Madera tallada, dorada y pintada. 220x87x102 cm.
Patrimonio Nacional, Palacio Real de Madrid. Inv.10008048
El segundo objeto procedente de la exposición lisboeta A historia partilhada, que os queríamos ofrecer simbólicamente, es esta maravillosa silla de manos que perteneció igualmente a Bárbara de Braganza (1711-1758), reina consorte de Fernando VI de España (1713-1759).

Esta silla de manos es, sin duda, uno de los ejemplares mas cualificados de este tipo de transporte en las colecciones europeas de vehículos antiguos.

Era utilizada, generalmente por señoras, se accedía a su interior por la parte delantera, tenía asiento para una persona y era sostenida por dos hombres mediante dos largueros laterales pasantes por unos aros metálicos fijados a los costados.

Bárbara de Braganza, que con el paso de los años y su debilidad por los dulces conventuales aumentó excesivamente de peso (¡cuidado con estos días!), debió tener problemas de mobilidad, tuvo a su servicio esta silla de manos para desplazarse por los jardines, donde también se utilizaban coches de paseo, y por dentro de los palacios.




Corrado Giaquinto (1703-1766), italiano residente en Madrid en 1753, es el autor de la decoración pictórica de esta pieza, estando todos los paneles enmarcados en talla dorada con formas sinuosos de estilo rococó. En todos los paneles hay angelotes revoloteando que aluden a la caza, la recolección de la fruta y el placer. 


En el panel posterior del vehículo se exalta a la soberana: inscritos en un círculo de flores, palmas y niños alados, destacan dos que sujetan una corona de laurel. La pertenencia a la Casa Real se refuerza con la corona de talla dorada sobre el tejadillo.





Espero que hagáis el tránsito al nuevo año 2015, si no sentados en una silla de estas características, por lo menos con la dignidad de unos reyes contemporáneos y con la alegría que todos nos merecemos.


¡Feliz año Nuevo!


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Fuente del texto y fotos:
Museu da Fundação Calouste Gulbenkian

domingo, 28 de diciembre de 2014

Dos objetos de Bárbara de Braganza (1)

Para despedir el año queremos ofreceros, simbólicamente, dos bellísimos objetos de artes decorativas que pertenecieron a Bárbara de Braganza, reina consorte de España, durante su permanencia en la corte.

Los hemos encontrado visitando la magnífica exposición titulada A História Partilhada. Tesouros dos Palácios Reais de Espanha que se celebra en el Museo de la Fundación Gulbenkian de Lisboa, en estrecha colaboración con Patrimonio Nacional.

Autor desconocido. Arca-relicário. España, 1729. Madera; seda, hilos
de oro y plata; pasamaneria y plata labrada. 30 x 47,5 x 35 cm.
Patrimonio Nacional, Palacio Real de Madrid. Inv. 1010313

El primero de ellos es un arca-relicario de estilo rococó, fechado en 1729, año de la boda entre Fernando VI y Bárbara de Braganza. Destaca en él la cerradura de plata con un gran escudo coronado con las armas de España y Portugal y el collar de la Orden del Toisón de Oro.



El arca fue concebida para guardar las reliquias procedentes del túmulo de Fernando III, el santo, cuando se trasladaron sus restos mortales, en la catedral de Sevilla, a una nueva urna en mayo de 1729. En este arca fueron colocadas varias piezas extraídas del sarcófago del rey para ser conservadas como reliquias.

El arzobispo de Sevilla, Luis de Salcedo, entregó el arca a los aún príncipes de Asturias el 29 de octubre de 1729 en Sevilla, nueve meses después de su boda celebrada en Caia, enclave rayano de Badajoz. Hay que señalar que los príncipes de Asturias permanecieron en Sevilla cuatro años más antes de partir hacia Madrid y que el futuro rey Fernando VI compartía el mismo nombre que el rey santo.

Los tejidos de damasco que revisten el arca, tanto interior como exteriormente, tienen una decoración plenamente barroca, exuberante y extravagante denominada bizarra, muy de moda a finales del siglo XVII y principios del XVIII. Su origen está en Lyon y Venecia y su éxito se extendió por toda Europa.


Su función religiosa de hace patente en algunos detalles y en la placa superior: Las cantoneras delanteras y las bisagras están decoradas con cabezas de querubines, al gusto rococó. En el centro de la tapa, hay una placa con un globo y una cruz sobre una nube; cruzándose por detrás, una espada y una cruz están flanqueadas por dos ángeles que sostienen, respectivamente, una corona de laurel y las tablas de la ley en alusión a los atributos del rey Fernando III, el santo.




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Un breviario muy viajero
Santa Isabel de Portugal, por Pereira
Dos objetos de Bárbara de Braganza (y 2)




Fuente de texto y fotos;
Museu da Fundação Calouste Gulbenkian

BIBLIOGRAFÍA
Infantas de Portugal, rainhas em Espanha. Marsilio Cassotti. A esfera dos livros. 2012 

martes, 18 de septiembre de 2012

Bárbara de Braganza, del monasterio de Mafra al de Las Salesas Reales. (y III)





La familia de Fernando VI, por Amiconi. 1752.
Grabado por Joseph Flipart.

El marqués de la Ensenada, ministro de Hacienda, Guerra y Marina, pidió a la nueva reina que utilizase la influencia de su padre, el rey de Portugal, para conseguir una paz duradera con su tradicional aliada Inglaterra. Bárbara mantendrá entonces una asidua correspondencia  con D. João V compuesta por 56 cartas donde la instruye, entre otros temas, sobre cómo actuar ante dos de las principales potencias europeas:


Francia tiene mucho poder y mucha ambición (...) y para conseguir sus fines, algunas veces no repara en que los medios sean lícitos o ilícitos, e incluso contrarios al honor y al decoro.
Los ingleses ni son más moderados ni menos ambiciosos y violentos cuando se trata de sus intereses.
 
Retrato de D. João V, rey de Portugal.
A través de estas cartas se puede cotejar la inteligencia, el carácter, la seguridad y también la ternura de esta mujer casi día a día y la rapidez con que captó la esencia de cómo gobernar  de la forma más conveniente pero con el mayor de los respetos.

Esta correspondencia fue nuevamente motivo para la maledicencia de la reina viuda hacia Bárbara. Pero, genio y figura hasta la sepultura, por lo que la italiana se sintió más humillada fue por la aceptación de Farinelli para pasar al servicio de los nuevos reyes y no continuar al de ella. 



Retrato de Farinelli, por Corrado Giaquinto.
Fernando VI y Bárbara de Braganza, al fondo.

Farinelli valoró más los sentimientos hacia él y los conocimientos musicales de la nueva reina que el caracter dominante de su compatriota. La reina viuda propagó enseguida el bulo de que ante la frustación física que el rey le provocaba, la reina habría iniciado una relación sentimental con Farinelli basándose en la gran influencia y cofianza que esta le había otorgado en la corte.

La crisis se resolvió en 1747 invitando a la reina viuda a volver a residir en La Granja quien, aún no del todo satisfecha, mandó construir muy cerca el palacio de Riofrio, de estilo italiano, a imagen y semejanza del aún inacabado palacio de Oriente de Madrid.

 
Vista del palacio de Riofrio. Segovia.
A finales de 1748 se firmó un tratado de paz entre Francia e Inglaterra que permitió retirar las tropas españolas en el continente e iniciar la tan deseada política de los nuevos reyes de Paz con todos y guerra con nadie, así como las grandes reformas iluministas que producirían sus verdaderos efectos en el siguiente reinado.

Conscientes del hecho de que no irían a tener descendencia, se preocuparon de las condiciones de la maternidad y sanidad públicas que mitigó la alta mortalidad infantil, mejoró la profilaxia de los servicios médicos y la regularidad de la limpieza de las calles.

El patrocinio de las artes les lleva a fundar la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, institución cuya importante labor cultural perdura hoy en día.


Fachada de la Real academia de Bellas Artes de San Fernando.

Inaugurado en 1753 en la real Casa de la Panadería, en 1773 se trasladó por falta de espacio a su sede actual, en el Palacio de Don Juan de Goyeneche. Construido en 1715 por José Benito de Churriguera en estilo barroco, fue posteriormente remodelado en 1774 por Diego de Villanueva, quien le dotó de la fachada neoclásica actual.

El siguiente grabado refleja el estado anterior a la reforma en su mitad izquierda y el estado reformado en su mitad derecha. Disponía de un zócalo con almohadillado rusticato que fue alisado, portada, balcones y elementos ornamentales barrocos en cornisa y balaustrada que fueron modificados según el nuevo gusto neoclásico de la Ilustración. 

El Palacio de Goyeneche antes y después
 de la reforma de su fachada. Grabado.

El nombre de Bárbara, cuyo nacimiento dio origen a la creación del monasterio de Mafra en Portugal, ahora quedaría unido al de la fundación del convento de Las Salesas Reales e iglesia de Santa Bárbara. Sería la más noble y refinada arquitectura religiosa que se realizó en Madrid durante el siglo XVIII.

Las obras de la iglesia de Santa Bárbara, junto a las del convento, fueron iniciadas en 1749 por el arquitecto François Carlier, con la colaboración de Francisco Moradillo, y se concluyeron en 1757.

Se sabe que la reina utilizó sus propios fondos privados para la fundación de dicho monastério, destinándolo a monjas de la orden francesa de la Visitación.


Real Convento de la Visitación, vulgo las Salesas.
Grabado. 1758. 
 

Junto a la diabetes aguda e hipertensión, su salud comenzó a debilitarse. A pesar de no quejarse nunca de sus propios males, los médicos le recomendaron, al final de la década de los cuarenta, que pasase más tiempo en Aranjuez por tener un clima más suave.

A Bárbara le agradaba especialmente aquel palacio por estar al borde del río Tajo, o Tejo, el mismo río de su amada Lisboa de la que nunca se olvidó en los casi cuarenta años que vivió en España.



Fernando VI y Bárbara de Braganza en los jardines del
Palacio de Aranjuez, por Francesco Battaglioli.

En 1750 recibe un duro golpe con la muerte de su padre y en aquel mismo año se firma entre ambos reinos el Tratado de Madrid por el cual se fijaron los límites de Brasil. Esto provocó críticas de los sectores iluministas portugueses que la acusaron de no aprovechar la gran influencia que ejercía sobre su marido. La muerte su madre en 1754 y el terremoto de Lisboa de 1755 son otros duros episodios que acabarían por agravar su salud.

Después de inaugurar solemnemente en 1757 el monasterio de Las Salesas Reales que albergaba los sepulcros de la pareja real, la reina vuelve vuelve sola al lugar para hablar con las monjas. Dos meses antes había muerto Scarlatti y, según contaron las monjas, había vuelto para despedirse de ellas pues sufría dolores agudos de útero.

Aunque dejaba todo dispuesto en su testamento para la manutención del monasterio no pudo evitar la ironía del pueblo madrileño que el día de su inauguración puso un pasquín en la puerta del edificio que decía:


Bárbaro edificio, bárbara renta, bárbaro gasto, Bárbara reina.
Sección longitudinal de la iglesia de Santa Bárbara.
François Carlier. 1753.
Vista de la fachada de la iglesia de Santa Bárbara desde el monasterio
 
El empeoramiento del estado de salud de la reina comenzó a deprimir a Fernando, quien por primera vez desde que subió al trono, abandonó los asuntos de gobierno para ocuparse exclusivamente de ella. Recluidos en Aranjuez, la reina murió el 27 de Agosto de 1758 a los cuarenta y seis años, tras una dura agonía, con cancer de útero.

El rey se retiró a meditar al castillo de Villaviciosa de Odón dejándose arrastrar por la misma melancolía y estados de agitación que sufriera su padre. El 10 de Agosto de 1759, casi un año después que Bárbara, murió Fernando VI, reuniéndose definitivamente con su amada esposa en el monasterio de Las Salesas Reales.
                                                                              
                                                                      
    
Bajorrelieves en mármol de Fernando VI y Bárbara de Braganza.
 Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Madrid.
Foto: Pessoas en Madrid

 
Hasta la llegada del heredero de Fernando desde Nápoles, su medio hermano Carlos III, Isabel de Farnesio asumió la regencia del reino, quien pudo ver realizado su mayor sueño de ver coronado a su primogénito como rey de España. La rival implacable de Bárbara de Braganza murió en 1766 con setenta y tres años en Aranjuez, casi ciega, donde su nuera había sido más feliz.

Madrid dedica a esta gran reina una calle con su nombre en el barrio de Justicia del distrito Centro, justo a continuación de la dedicada al rey Fernando VI. En la plaza de la Villa de París, lugar donde se encontraban las huertas del convento de las Salesas, hay una bonita escultura de Bárbara de Braganza ejecutada por Mariano Benlliure en 1887 muy cerca de otra más antigua dedicada también a su marido.


Estatua de Bárbara de Braganza.
Mariano Benlliure. 1887.
Foto: Alejandro Blanco




Artículos relacionados:
Bárbara de Braganza, del monasterio de Mafra al de las Salesas Reales (I)
Bárbara de Braganza, del monasterio de Mafra al de las Salesas Reales (II)

BIBLIOGRAFÍA
Infantas de Portugal, rainhas em Espanha. Marsilio Cassotti. A esfera dos livros. 2012

FUENTES
Fundación COAM
Biblioteca Nacional de España

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Bárbara de Braganza, del monasterio de Mafra al de Las Salesas Reales. (II)



La familia de Felipe V. Louis Michel Van Loo. 1743.
Museo del Prado

En el magnífico retrato de la familia de Felipe V pintado por Van Loo, la protagonista absoluta es la reina consorte Isabel de Farnesio, no el rey. No solo se sitúa en el centro de la escena sino que apoya uno de sus brazos sobre la corona real, se sienta cómodamente en un cojín de terciopelo carmesí en el que están bordados con hilo de oro castillos y leones y viste el manto forrado de armiño, todos ellos símbolos del poder.



A la izquierda del cuadro, desde el eje central que ella marca, se sitúa el anciano rey que mira hacia el lado de ella, con su breve familia, mientras que en el lado opuesto recae el peso de la composición con un gran despliegue de retratos de los propios hijos de la reina y una fastuosa decoración barroca con ecos musicales de fondo.

Bárbara de Braganza, sentada a la izquierda junto a su marido Fernando, parece querer mirar para otro lado. Y no le faltaba razón.




Fernando se dio cuenta pronto de que la mujer que tenía a su lado le daba todo lo que hasta entonces le había faltado, afecto, seguridad y conocimientos más amplios. El gran ascendente que Bárbara comenzó a ejercer en Fernando provocó la desconfianza de la reina a la que hay que añadir su envídia y antipatía previas.

Desde la boda de los príncipes en 1729 hasta la muerte del rey en 1746, vivieron bajo la permanente vigilancia de espías y excluidos de los asuntos del gobierno. Estuvieron prácticamente recluidos en el palacete de la Casa de Campo hasta que los reyes decidieron en 1734 trasladar la corte desde el palacio del Buen Retiro al de La Granja de San Ildefonso.


Vista del Palacio de la Casa de Campo.
Los príncipes aprovecharon la ocasión para trasladarse al Buen Retiro donde crearon una pequeña corte de fieles. Bárbara interpretaba a diario música de cámara para clave compuesta por ella misma y corregida por su viejo maestro Scarlatti que la acompañó a Madrid. De acuerdo con el espíritu iluminista de la época, se dedicaba también a la edición e impresión de libros, para lo cual hizo instalar una imprenta en el palacio.



Vista del Palacio del Buen Retiro.

En la Navidad de 1734 un incendio destruye por completo el antiguo Alcázar de Madrid. El incendio se originó en la habitación del pintor de cámara Jean Ranc, autor de los primeros retratos de la reina y de la princesa, quien por sufrir problemas de visión fue sustituido por Louis Michel Van Loo. El nuevo palacio mandado edificar por Felipe V sólo sería concluido después de la muerte de Bárbara y Fernando.


Vista del Palacio Real en la segunda mitad del siglo XVIII

Ante la política de ayudas del Estado a los hijos de Isabel en Italia, concentrando todos los recursos bélicos en aquella península para conquistar el reino de Nápoles y Sicilia, los príncipes de Asturias comenzaron a ser vistos como una esperanza por la vieja nobleza castellana y por los altos funcionarios que nunca vieron con buenos ojos las excentricidades de los reyes. Por iniciativa de Bárbara, discretamente fueron llegando a palacio informaciones sobre el funcionamiento del reino.

Por su parte Isabel de Farnesio, gran amante del canto, contrató a Carlo Broschi (Farinelli) un castrati napolitano con gran fama en Europa para intentar paliar la persistente melancolía del rey. Su alto registro de voz alcanzaba el de soprano-contratenor. Dicen que cuando el rey lo escuchó por primera vez en La Granja salió inmediatamente de la depresión que le postraba. Llegó a depender de él de una manera obsesiva.  


Retrato de Carlo Broschi,
por Corrado Gianquinto.

El 9 de Julio de 1746 muere Felipe V en La Granja. El nuevo rey Fernando VI pide a Bárbara que escriba a su padre D. João V de Portugal para que les aconseje sobre cómo actuar ante el desafío que se les presentaba. A pesar de las dudas iniciales, tienen ideas muy claras de por donde deben empezar a actuar:
1º. Cortar de raiz los enormes gastos militares al servicio de los intereses de la reina vuida en Italia.
2º. Reformar la Administración interna y racionalizar los recursos de la colonias.
3º. Aplicar las medidas del Iluminismo a la educación y a las artes.
(Medidas que siguen pareciendo acertadas y aplicables actualmente, casi tres siglos después).

El padre de Bárbara les aconseja  actuar con "reflexión y cautela" y a pesar de las precauciones tomadas, la reina viuda acusa a Bárbara de querer entregar la dirección del gobierno a Portugal. Es desmentida por el propio ministro de Asuntos Exteriores francés al afirmar que si el gobierno de España había sido italiano durante el reinado de Felipe V, ahora sería castellano y nacional.

El 10 de Octubre de 1746, Fernando y Bárbara hacen una entrada solemne en Madrid, ciudad que les tributa un homenaje delirante. La sensación positiva del pueblo es corroborada por las delegaciones diplomáticas cuyas impresiones no pueden ser más favorables para ambos. Los nuevos reyes permiten que la reina viuda se instale en el palacio de los Afligidos, en la montaña del Príncipe Pío, justo en el lado opuesto de la ciudad, vista desde el Buen Retiro.

Bárbara tenía entonces treinta y cinco años y su maestro Scarlatti sesenta y uno. Ambos compartían, además del amor por la música, la afición por los dulces conventuales lo que les provocó diabetes y un evidente aumento de peso.

Con la reina viuda aparentemente neutralizada y con tantos proyectos por emprender se inicia para la pareja una nueva y fructífera etapa que veremos en el próximo y último artículo.


Retrato de Bárbara de Braganza por Louis Michel
Van Loo. Museo de la Real Academia de Bellas
 Artes de San Fernando. Madrid.
Foto: Pessoas en Madrid


Artículos relacionados:
Bárbara de Braganza, del monasterio de Mafra al de las Salesas Reales (I)
Bárbara de Braganza, del monasterio de Mafra al de las Salesas Reales (III)


BIBLIOGRAFÍA
Infantas de Portugal, rainhas em Espanha. Marsilio Cassotti. A esfera dos livros. 2012

martes, 28 de agosto de 2012

Bárbara de Braganza, del monasterio de Mafra al de Las Salesas Reales. (I)



Retrato de Dª. Bárbara de Braganza por
Jean Ranc. Museo del Prado.


Dos años después de contraer matrimonio el rey D. João V de Portugal con la archiduquesa María Ana de Austria en 1708, prometió a S. Antonio que construiría un monasterio en su honor si le concedía la gracia de tener descendencia. El 4 de diciembre de 1711 nació la infanta María Teresa Bárbara que llegaría a ser la décimo primera reina de España de ascendencia real portuguesa y conocida como Bárbara de Braganza. Cuando Bárbara cumplió seis años el rey de Portugal colocó la primera piedra del convento de Mafra, cumpliendo así la promesa que le hizo al santo lisboeta.
El imponente monasterio siguió el modelo arquitectónico y programático del Escorial, reuniendo en él basílica, convento, palacio y biblioteca. Inspiró la novela Memorial del convento de José Saramago.


Monasterio de Mafra.

 Bárbara fue educada por su madre y por el jesuita Antonio Stief, quien la enseñó el latín. Llegó a dominar seis idiomas a la perfección y a los once años empezó a recibir clases de clave con Domenico Scarlatti, superando el gusto musical que heredó de sus padres.

Retrato de Doménico Scarlatti por
Domingo Antonio Velasco. 1738.

A partir de los catorce años el destino de Bárbara parece estar dominado por la figura de su futura suegra italiana, la reina Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V. Fue conocida por su excesiva ambición, su gusto por la manipulación y obsesionada por situar bien a sus hijos la infanta María Ana Victoria y los infantes Carlos y Felipe,  igualándolos a los hijos del primer matrimonio de Felipe V con María Luisa Gabriela de Saboya, Luis y Fernando.
Como ya hicieran dos siglos antes el emperador Carlos I y su primo D. João III de Portugal casando con sus hermanas Catalina de Austria e Isabel de Avis, los reyes de España y Portugal volvieron a concertar un doble matrimonio muy conveniente para todos  entre sus herederos Fernando, príncipe de Asturias (tras la muerte del primogénito Luis) y José, príncipe de Brasil con sus hermanas María Ana Victoria de Borbón y Bárbara de Braganza.
Además de pactar cuestiones pendientes entre ambos Estados como la firma del Tratado de Utrech y la delimitación de los reinos de América del Sur, se solicitó un retrato de Bárbara, como era costumbre en estos casos, ante los comentarios negativos que llegaban desde Lisboa sobre el aspecto de la infanta después de sufrir la viruela.
El retrato tardó bastante en llegar, dicen que no se inició hasta haberse concluido totalmente el tratamiento al que tuvo que ser sometida para mejorar su aspecto. Cuando el embajador español trajo el cuadro hizo saber que era muy diferente a la realidad, que habían favorecido mucho sus facciones. Al recibirlo Fernando lo guardó y no lo dejó ver a nadie para no herir susceptibilidades. Hoy se encuentra en el Prado y en él vemos a una hermosa joven de aspecto muy agradable.


Retrato de Dª. Bárbara de Braganza por
Domenico Dupra. Museo del Prado.

Otro problema que se planteaba, esta vez del lado español, era la conveniencia o no de que se casara el príncipe de Asturias con catorce años. Su ayo manifestó que no lo debía de hacer por lo menos hasta los dieciocho por no haber completado todavía su desarrollo y faltarle la necesaria robustez para que sus relaciones sexuales fuesen completas. Su médico era de la misma opinión, señalando un pequeño defecto físico de conformación. Pero al final prevaleció la tenaz opinión de la reina Isabel de Farnesio que, conocedora de la debilidad congénita del príncipe, favorecía sus planes presentes y futuros.
El día 19 de enero de 1729 se realizó el intercambio de esposos en la frontera del río Caya, entre Elvas y Badajoz, siguiendo el modelo suntuoso que siglos antes se realizaba sobre el río Bidasoa cuando había una boda real entre España y Francia. Esta vez se construyeron tres pabellones sobre un puente, uno en cada orilla y otro más lujoso en el centro donde se hizo el intercambio de princesas. 


Intercambio de princesas en el río Bidasoa. (Detalle).
Peter van der Meulen. 1615. Real Monasterio de la Encarnación.


Finalmente se encontraron nuestros novios cara a cara. Por las descripciones de contemporáneos, ninguno de los dos era especialmente agraciado. Eso si, Bárbara tenía una altura y porte muy nobles. Fernando, además de muy tímido e inseguro, era consciente de no haber sido educado convenientemente por culpa de su madrastra. Isabel de Farnesio favoreció siempre la formación de sus hijos Carlos y Felipe, para ella más despiertos, curiosos e instintivos.


Retrato de D. Fernando VI por Louis Michel
van Loo. Museo de la Real Academia de Bellas
 Artes de San Fernando. Madrid.
Foto: Pessoas en Madrid

Pronto corrió el rumor de que ante la primera noche de bodas, Fernando se atiborró de atún seco, considerado entonces un poderoso afrodisíaco, con el triste resultado de pasar toda la noche vomitando. Poco tiempo después Bárbara sería consciente del problema al que se enfrentaba y es probable que la fundación del monasterio de Las Salesas Reales de Madrid estuviera relacionada con alguna promesa similar a la que hizo su padre por el mismo motivo.
Bárbara comenzó a manifestar, en la convivencia con sus suegros, su gran cultura, buena educación y, sobre todo, tacto, lo que despertó la envidia y después la antipatía de Isabel de Farnesio. A la dificultad en las relaciones físicas con su marido se añadió otro vía crucis más, la rivalidad con su suegra. Una de las reinas más inteligentes, astutas y con recursos que se hayan sentado en el trono de España... 


Retrato de Isabel de Farnesio por
Jean Ranc. Museo del Prado.


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BIBLIOGRAFÍA
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