viernes, 24 de marzo de 2017

Claudio Coello

Claudio Coello. Autorretrato 1680.
Museo del Hermitage. San Petesburgo. Rusia.

Fuente: Bárbara Rosillo 

El pintor Claudio Coello (Madrid, 1642-1693) es uno de los principales representantes de la escuela barroca madrileña. Fue bautizado el 2 de marzo de 1642 en la iglesia de los Santos Justo y Pastor. Era hijo de Faustino Coelho, broncista portugués, natural del obispado de Viseu, y de Bernarda de Fuentes, fallecida en 1681 viuda ya y atendida en sus últimas voluntades por su hijo Claudio.

Según la biografía de Palomino sobre el pintor (única fuente de información sobre los primeros años de Claudio Coello, con quien el biógrafo llegó a tener amistad), su padre descendía «de aquella ilustre familia de los Coelhos, de donde lo era también el gran Alonso Sánchez Coelllo».

Siendo muy joven, su padre le envió al taller de Francisco Rizi para aprender a dibujar. Durante este periodo estudió a fondo los dibujos de su maestro y es posible incluso que le ayudara en algunos encargos para escenarios teatrales. A través del propio Rizi y de su amistad con el pintor Juan Carreño de Miranda, tuvo acceso a las colecciones de pintura del Alcázar de Madrid, donde se aplicó en copiar a los grandes maestros antiguos y modernos, entre ellos a Tiziano, Veronés, Bassano, Giordano, Van Dyck o Rubens, en cuya obra se inspirará en más de una ocasión. 

De su paso por el taller de Rizi han quedado algunas anécdotas narradas por el biógrafo cordobés y una descripción física del pintor. Cuenta Palomino que un religioso, ante el que el maestro había alabado al discípulo, le respondió que el semblante del muchacho no revelaba gran ingenio, a lo que Rizi contestó: «Pues padre, virtudes vencen señales». Y concluía Palomino: «Lo cierto es, que el semblante no era muy grato, y además de esto adusto, y melancólico; pero la frente espaciosa, y los ojos vivos, y reconcentrados, mostraban ser de genio agudo, especulativo, y cogitativo».

Susana y los viejos 

El primer encargo de Coello a gran escala del que se tiene constancia documental es las pinturas para el altar mayor de la iglesia madrileña de Santa Cruz (h. 1666, destruidas). No obstante, ya antes había realizado obras de gran solidez y en las que se revela su profundo conocimiento de las escuelas flamenca y veneciana, como Susana y los viejos (1663, Museo Ferré de Ponce, Puerto Rico) o El triunfo de san Agustín (Prado). 


El Triunfo de San Agustín

Su gran oportunidad le llega, sin embargo, en 1668, cuando lleva a cabo una serie de pinturas para la iglesia de San Plácido en Madrid, en la que también había intervenido su maestro Rizi. La tabla central de Coello, Anunciación, muestra ya su fastuoso sentido escenográfico y su gusto por las composiciones dinámicas y el colorido brillante y expansivo.   

Anunciación

Es curioso observar cómo en 1668 el convento de San Plácido reúne las pinturas de Claudio Coello, hijo de portugués, con las ocho esculturas del admirado Manuel Pereira, escultor portugués afincado en Madrid.

A partir de este momento, y hasta 1683, acometerá numerosos encargos para iglesias madrileñas. En la década de 1670 se inicia su carrera como fresquista, en la que da rienda suelta a su gusto por las arquitecturas fingidas, siguiendo la estela de Mitelli y Colonna.
Entre sus trabajos al fresco cabe destacar dos realizados en Madrid, con la colaboración de José Jiménez Donoso: la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor y el Colegio Imperial de los jesuitas (hoy catedral de San Isidro, destruidos durante la Guerra Civil Española).


Casa de la Panadería
Fuente: Arte en Madrid


Arcos triunfales para la entrada en Madrid de María Luisa de Orleans


La relación de Coello con la Corona se inicia en 1679, cuando colabora en la decoración de los arcos triunfales que celebran la entrada en Madrid de María Luisa de Orleans, primera esposa de Carlos II. 

Cuatro años después, en marzo de 1683, es nombrado pintor del rey mediante real decreto. Su repertorio de asuntos, dominado por lo religioso y muy fiel a la sensibilidad de la Contrarreforma, se amplía al retrato. De este momento es el ciclo de frescos más extenso que se conserva de su mano, el que realiza para el Colegio de Santo Tomás de Villanueva en Zaragoza (1684, también conocido como la Mantería) en colaboración con Sebastián Muñoz. 

El año de 1685 es clave en su trayectoria, ya que empieza a trabajar en el retablo de la sacristía de El Escorial para el que pintó, La Sagrada ­Forma, encargado a su maestro ­Rizi, que murió sin realizarlo, y en el que trabajará de manera intermitente ­durante cinco años.


La Sagrada Forma. Sacristía Monasterio del Escorial


En él aparecen representados los principales personajes de la corte, encabezados por el propio monarca Carlos II, quien se arrodilla en oración ante la Sagrada Forma, siendo ésta uno de los ejes medulares del programa iconográfico de la basílica de El Escorial. Se trata de su obra más ambiciosa, en la que muestra un sentido del espacio y de la atmósfera dignos de Velázquez y en la que utiliza todos los resortes del lenguaje teatral e ilusionista del ­barroco. 



El éxito del cuadro le granjeará el nombramiento de pintor de cámara, vacante tras la muerte de Rizi y Carreño. En sus últimos años, su productividad decae y, junto a su trabajo de pintor, realiza otras actividades como supervisar las colecciones reales, restaurar sus obras y tasar colecciones pictóricas. 

La irrupción en la corte del italiano Luca Giordano, que le sustituye al frente del gran proyecto decorativo de El Escorial, supone su definitivo desplazamiento. A pesar de que no se detectan en su trayectoria grandes cambios de estilo, con el paso del tiempo sus figuras ganarán en solidez, el modelado se hará más escultórico y los fondos arquitectónicos, al principio muy complejos, se volverán más sencillos y rotundos.



FUENTES:
Museo del Prado
Wikipedia

IMÁGENES:
Wikipedia
Arte en Madrid
Bárbara Rosillo

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