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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Manuel Pereira (I)

 


 
 

 
 
 
 

"¡Ay! ¡Pobre Yorick! ¿Qué se hicieron de tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes que animaban la mesa con alegre estrépito? Ahora, falto ya de músculos, ni puedes reírte de tu propia deformidad...".

 
 
 
 
Esta es la reflexión sobre la muerte y el paso del tiempo que William Shakespeare pone en boca de Hamlet, príncipe de Dinamarca, cuando a la vuelta de su destierro en Inglaterra se informa de la muerte de Yorick, bufón de la corte y amigo de infancia. Hamlet la pronuncia sosteniendo en la mano la calavera que acaba de sacar de la tumba de su amigo.
 
En 1652, medio siglo después de ser escrita esta pieza, el rey Felipe IV, con cuarenta y siete años de edad y quizás algo cansado de una vida repleta de excesos, haría una reflexión similar a la de Hamlet. Pensaría ya en la fugacidad de la vida al ordenar al cochero que aminorase la marcha cuando pasaba ante la fachada de la Hospedería del Paular de la madrileña Calle de Alcalá.
 
 
Localización de la Hospedería del Paular en la calle de
Alcalá esquina con Los Peligros (hoy calle de Sevilla)
en el plano de Teixeira. 1656.
 
Al rey le gustaba admirar con detalle la escultura de San Bruno que había labrado en piedra quien hoy se considera mejor escultor de su época y al que admiraba, el portugués afincado en Madrid, Manuel Pereira. Había llegado a sus oídos lo que la gente decía de este San Bruno, que "no habla porque es cartujo".
 
 

 



San Bruno. Escultura en piedra de Manuel Pereira.
Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
Fotos: Pessoas en Madrid
 
Pero el rey sabía que esa frase la había pronunciado él mismo diecisiete años antes mientras contemplaba, absorto, el otro San Bruno en madera que Pereira hizo en su taller de la calle Cantarranas (actual Lope de Vega) por encargo del cardenal Zapata para la Cartuja de Miraflores de Burgos.
 
En aquella ocasión permaneció en un prolongado silencio rodeado de algunos cortesanos hasta que el más adulador de ellos, conocedor de la admiración que el rey tenía por el escultor, se le acercó susurrando: "No le falta más que hablar". El rey salió de su ensimismamiento  diciendo: "Si pudiera no lo haría porque es cartujo".
 
 
San Bruno. Escultura en madera policromada de Manuel Pereira.
Cartuja de Miraflores. Burgos. Foto: Palios
 
 
No es casual que comencemos este artículo con la imagen de tres de los mejores actores de la escena británica de todos los tiempos que han dado vida a Hamlet (L. Olivier, D. Jacobi y K. Branagh). Vienen a nuestras páginas para reforzar la idea de que hablar de Manuel Pereira (Oporto, 1588 - Madrid, 1683) es hablar de uno de los grandes  escultores barrocos de la península junto a Gregório Fernández y Martínez Montañés, siendo su concepto de teatralidad completamente diferente a la de éstos últimos.
 
Sus obras se extendieron por toda la península ibérica, localizándose en Alcalá de Henares, Amorebieta, Ávila, Bemfica, Burgos, Loeches, Longares, Madrid, Martín Muñoz de las Posadas, Murcia, Pamplona, Salamanca, Segovia, Sevilla, Soria y Torrejón de Velasco. Como iremos viendo, muchas de ellas desaparecieron al comienzo de la Guerra Civil.
 
Llegó a ser el representante madrileño de la escuela castellana de escultura naturalista del siglo XVII. Su estilo está marcado por un naturalismo sin afectación, arrogante en su apostura, esbelto y elegante, cuya repercusión llegó hasta el siglo XVIII. Su realismo  aglutina la finura andaluza de Martínez Montañés y el misticismo castellano de Gregorio Fernández. Supo fusionar con habilidad el realismo dramático tan del gusto español con la dulzura del arte portugués, pero huyendo siempre del gusto por el histrionismo y del pathos exacerbado.
 
¿Cómo llega a Madrid? Se sabe que nació en Oporto en 1588, hijo de André Gomes Pereira y de Guiomar de Resende pero se desconocen todos los datos relativos a su formación. Se cree que pudo formarse en Italia y en Valladolid ya que a partir de 1600 consta su presencia en los ambientes de una recién estrenada corte de Felipe III y posteriormente en la de Felipe IV donde ya permanecería trabajando hasta su muerte.
 
Su primera obra conocida está documentada en 1624, tres años después de la subida al trono de Felipe IV, cuando llega a Alcalá de Henares para realizar las esculturas de la fachada de la iglesia levantada por la Compañía de Jesús (actual iglesia de Santa María).
 
 
Foto: Pessoas en Madrid
 
 
Un año después contraería matrimonio en Madrid con María González de Estrada, madre de sus dos hijos y fallecida en 1639. Para esa fachada representó en piedra a San Ignacio, San Francisco Javier, San Pedro y San Pablo.


San Ignacio de Loyola

San Francisco Javier

San Pedro

San Pablo
Fotos: Pessoas en Madrid
 
 
En 1634 realizó para el retablo Mayor de este templo junto con el escultor Bernabé de Contreras, por 800 ducados, las esculturas dedicadas a San Ignacio de Loyola, Santa Catalina mártir, San Francisco Javier, Santa Inés, San Pedro, San Esteban, San Pablo y San Lorenzo. Todas ellas se perdieron en 1936.
 
Para el Convento Cisterciense de San Bernardo (Madres Bernardas) de Alcalá realizó en 1626 un San Bernardo ensimismado en la lectura, labrado en piedra, para la fachada del templo.
 
 
San Bernardo
 
San Bernardo. Detalle.
Fotos: Pessoas en Madrid
 
 
Y para el Colegio de Santo Tomás de Aquino (Padres Dominicos) de Alcalá talló en 1638 una Virgen del Rosario con el Niño, encargo de Francisco de Oviedo por 300 ducados, actualmente desaparecida.
 
Ya en Loeches labró en piedra hacia 1646 las esculturas de Santo Domingo y Santa Catalina de Siena para la iglesia del monasterio de la Inmaculada Concepción (Madres Dominicas), por encargo de la duquesa de San Lúcar, viuda del Conde-duque de Olivares. Dicho Monasterio alberga el panteón de la Casa de Alba.
 
En Torrejón de Velasco recibió el encargo de ocho esculturas en 1661 para la iglesia de San Esteban, de las que sólo pudo terminar las de San Pedro y San Pablo debido a una enfermedad. Las otras seis (San Juan Bautista, San Juan Evangelista y cuatro Doctores de la iglesia) fueron realizadas por su discípulo Manuel Correa. Todas ellas desaparecieron en 1936.
 
Su obra en la capital del reino fue muy extensa, si bien quedó también muy mermada después de la Guerra Civil como veremos en la siguiente entrega.
 
 
 
 
ARTÍCULOS RELACIONADOS:
 
 
 
BIBLIOGRAFÍA:
 
DOMUS PUCELAE. J. M. Travieso.
lahornacina.com, Semblanzas. 
 
 
 
P. D.
 
A mi padre, quien nos dejó inesperada y plácidamente este domingo tras cerrar este primer artículo de Pereira.
 
IN MEMORIAM 


lunes, 25 de marzo de 2013

San Juan de Dios

 


El pasado sábado, 16 de Marzo, el diario ABC publicaba un interesante artículo dedicado a la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, con fuerte implantación y labor social y asistencial entre nosotros.

La llegada de los Hermanos de San Juan de Dios a Madrid se debe al Hermano Antón Martín, primer discípulo del Santo Fundador San Juan de Dios allá por el año 1552.

El artículo describe a continuación los cuatro importantes centros regidos por los Hermanos con que cuenta la Comunidad de Madrid: 
Los dedicados a psiquiatría (Centro de San Juan de Dios, en Cienpozuelos y La Clínica de Nuestra Señora de la Paz, cerca de Arturo Soria), a neurología (Fundación Instituto San José, en Carabanchel) y a pediatría (Hospital San Rafael, en la Calle Serrano)... Pero no dice nada acerca del fundador de la Orden que, además de santo, era portugués.

En este tema de santos portugueses no es la primera omisión que observamos en relación con su origen. Al caso ya conocido de Fernando Bulhões/San Antonio de Padua, habría que añadir el de San Dámaso I, 37º papa de Roma, nacido en el 305 en Egitania (Idanha-a Velha), Gallaecia (actual Portugal) y muerto el 11 de dicienbre de 388 en Roma. Según nos cuenta José María Sanz García, el arzobispado de Madrid-Alcalá le considera hijo suyo y le dedica una Academia diocesana de Arte e Historia, contrariando las crónicas del humanista Gaspar Barreiros de 1546 que lo consideraba natural de Guimarães.

Pero, discusiones aparte, volvamos a Portugal para saber algo más de João Cidade/San Juan de Dios.

VIDA Y OBRA

Juan Ciudad nació en 1495, en un pequeño pueblo portugués, Montemor-o-Novo, Alentejo. Era hijo de André Cidade y de Teresa Duarte. Hasta los cuarenta años vivió diversas aventuras y trabajó en diversos oficios como pastor en Oropesa (Toledo), soldado en Fuenterrabía y Viena, albañil en Ceuta y librero en Gibraltar y Granada.

En 1539, mientras escuchaba un sermón predicado por San Juan de Ávila en Granada, llegó el momento de su conversión religiosa y tras una reflexión profunda decidió entregarse a los pobres, enfermos contagiosos y los más desvalidos del mundo.

Su conversión y la enfervorizada opción por los más pobres le llevó a ser considerado como un loco, por lo que fue trasladado al Hospital Real de Granada, en el que Juan Ciudad experimentó en su propia carne el cruel trato que recibían los enfermos.

Es en este momento cuando nació la vocación de Juan Ciudad de servir a los pobres: cuando se encuentran en condiciones de máxima marginación, carentes incluso de salud física y mental.


San Juan de Dios por Bartolomé
Esteban Murillo.

Entre 1538-1539, con los pocos medios a su alcance, Juan Ciudad fundó en Granada su primer hospital, un hospital revolucionario para la época, no sólo por el trato y calor humano que los enfermos recibían de Juan y sus compañeros, sino también por la idea de disponer a los pacientes separados en atención al tipo de enfermedad que sufrían y por destinar una cama para cada enfermo, algo innovador por aquel entonces.

Su fama no paraba de crecer. El obispo le cambió su nombre de familia por el de Juan de Dios y en los siguientes diez años ya disponía de otro hospital.

Sus obras y discípulos aumentaban, entre los cuales destaca Antón Martín, un aventurero con planes de venganza que una noche invernal de 1546 se cruzó por las calles de Granada con Juan de Dios, quien le convenció para que desistiera de sus planes y le siguiera.

Antón Martín de Dios

Juan de Dios murió el 8 de marzo de 1550 víctima de una pulmonía a consecuencia de haberse tirado al río Genil para salvar a un joven en trance de morir ahogado.

Su entierro constituyó una extraordinaria manifestación de duelo y fervor hacia su persona y su obra por parte del pueblo, la nobleza y las autoridades de aquella época.

Dos años después, Antón Martín se trasladó a la corte donde fundó el Hospital de Nuestra Señora del Amor de Dios, germen de los cuatro importantes centros hospitalarios antes citados de Madrid.

San Juan de Dios fue canonizado por Alejandro VIII en 1690. A su muerte su obra se extendió por toda España, Portugal, Italia y Francia. Hoy está presente en los cinco continentes.

En 1886 fue proclamado Patrono de los Hospitales y de los Enfermos y en 1930, Patrón de los Enfermeros y de sus Asociaciones. También Patrono del Cuerpo de Bomberos por su actuación durante la extinción de un incendio declarado en el Hospital Real de Granada, del que consiguió sacar ilesos a cuantos enfermos se encontraban en su interior.





San Juan de Dios salvando a los enfermos
del incendio del Hospital Real de Granada.
Manuel Gómez-Moreno González. 1880.
Museo de Bellas Artes de Granada.

ICONOGRAFÍA DE SAN JUAN DE DIOS EN MADRID

Al cumplirse el centenario del Hospital de San Rafael en 1992 se encargó a Santiago de Santiago un grupo escultórico dedicado al Fundador, de bronce y piedra, situado en el jardín de acceso. El grupo muestra al arcángel que dio la vista a Tobías, dando ánimos, con una palmada en el hombro, a quien ya no tiene más fuerzas, para que prosiga con su divina labor.

Foto: Filipa Iraizoz

En los jardines del Hospital Gregorio Marañón se encuentra otra bellísima escultura, copia de la que le hizo Jacinto Higueras en 1877, arrodillado, en actitud estática y contemplativa, durante las seis horas que dicen que estuvo orando hasta que le llegó la muerte. El original tallado en madera, obtuvo la Primera Medalla de Oro en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid de 1920 y se exhibe en el MNCARS.


Foto: Museo Jacinto Higueras.
 

La tercera y última efigie dedicada a San Juan de Dios en Madrid se trata de una réplica en mármol blanco de un boceto en yeso del malagueño Elías Martín Riesco, discípulo de Piquer. Se titula San Juan de Dios conduciendo enfermos al hospital y obtuvo la Medalla de segunda clase en la Exposición Nacional de 1864. Fue adquirida por la reina Isabel II el 30 de junio de 1865 y posteriormente donada al Museo del Prado, de ahí pasó al Museo de Arte Moderno. La crítica contemporánea apreció mucho la obra y ese prestigio se conservó durante bastante tiempo. El fornido fundador, sostiene sobre sus brazos a un joven enfermo semidesnudo. No está expuesta.


Fuentes:

ABC
Recuerdos portugueses en Madrid. José María Sanz García. Instituto de Estudios Madrileños. 1992.
Hospital San Rafael

martes, 19 de febrero de 2013

Reyes de Portugal en la fachada del Palacio Real

Palacio de Oriente. Madrid

Cuando Felipe V encargó la construcción del nuevo Palacio Real, sus arquitectos Juvara y Sachetti habían pensado, ya desde su origen, rematar las cornisas del palacio con estatuas de gran tamaño y jarrones, al estilo italiano, como puede verse en el Palacio Madama de Turín (con fachada de Juvara) y en muchos otros ejemplos de la época.

Palazzo Madama. Turín.

LA ELECCIÓN DE LAS ESTATUAS

Para escoger dichas estatuas encargó a fray Martín Sarmiento el programa iconográfico. Este propuso una metafórica lección de historia con todos los reyes de la monarquia española, comenzando por Ataulfo y terminando con Fernando VI.

El plan general contenía 80 estatuas sobre la balaustrada, 4 sobre el ático de la fachada sur, 14 en el piso principal y una serie de 36 adornos complementarios como dioses mitológicos, emperadores romanos, escudos, jarrones, etc, arrojando un total de 134 elementos escultóricos.

Los florones se irían sustituyendo a medida que apereciesen nuevos monarcas. Así la planta principal contenía 14 estatuas en todas las esquinas del perímetro dedicadas a:

Dos reyes de Aragón, D. Jaime I (Mº Aº 1276) y D. Ramiro II el Monje ( Mº Aº 1133) y dos santos patronos de España, S. Millán de la Cogolla (Mº Aº 574) y Santiago (Mº Aº 44), al Norte.

Dos reyes americanos, Atahualpa emperador de Perú (Mº Aº 1533) y Moctezuma emperador de Méjico (Mº Aº 1520), al Sur.

Dos reyes de Navarra, Sancho VII el fuerte (Mº Aº 1234) y Sancho III el Mayor (Mº Aº 1035) y dos condes de Castilla, García Fernández (Mº Aº 995) y Fernán González, al Este.

Dos reyes suevos (Galicia), Teodomiro (Mº Aº 570) y Requiario (Mº Aº 496) y dos reyes de Portugal, D. Afonso I (Mº Aº 1185) y D. João V (Mº Aº 1750), al Oeste. 

PRESENCIA DE PORTUGAL

Curiosamente estos reyes de Portugal fueron, respectivamente, el que se independizó del reino de León y fundador de la monarquía lusa y el que luchó contra los Borbones en la Guerra de Sucesión en Cataluña, apoyando a Inglaterra y Holanda.

Alfonso I o D. Afonso Henriques (1109-1185) benefactor del Temple, luce anacrónicamente el collar de la Orden de Cristo, heredera de la extinta Orden del Temple en 1319 en Portugal. La estatua fue labrada por el murciano Juan Porcel, discípulo de Salzillo y cobró 15.000 reales por su labra.

 
D. Afonso Henriques.
 
D. João V tomó partido contra Felipe V y aunque sus tropas fueron derrotadas en Almansa, sacó buen provecho en el Tratado de Utrecht. Padre de Bárbara de Braganza y suegro de Fernando VI, su talla es una buena obra de Luis de Salvador Carmona. 
 


 
D. João V.
 
Ambas estatuas miran a Poniente desde la esquina NW de Palacio, hacia el Campo del moro, hacia Portugal. Su elección se debe sin duda alguna a la influencia de Bárbara de Braganza sobre Fernando VI. Ambas estuvieron antes en el puente de Toledo y en la Plaza de la Moncloa, durante el periplo que siguieron muchas de ellas.

EL MONTAJE DE LAS ESTATUAS

Según se tallaban y terminaban las estatuas, se iban colocando en su emplazamiento previsto. En 1754 ya estaban todas situadas. Sin embargo con la llegada de Carlos III las estatuas y su suerte sufrieron un giro radical.

El hecho de que junto al reloj y el escudo real de la fachada Sur apareciesen flanqueándolo Felipe V y su primera mujer Maria Luisa de SaboyaFernando VI con Bárbara de Braganza debió disgustar a la ambiciosa madre de Carlos III, Isabel de Farnesio, allí no representada o destinada a suplir algún dia uno de los jarrones.



De izquierda a derecha, Felipe V (Mº Aº 1746), Fernando VI (Mº Aº -),
Bárbara de Braganza ( Mª Aº 1758) y María Luisa de Saboya (Mª Aº 1714).

EL DESMONTAJE DE LAS ESTATUAS

Ya sea por los ecos del terremoto de Lisboa de 1755 aún reciente, por el desaire iconográfico hacia ella o por la excusa de un sueño premonitorio, Isabel de Farnesio obligó a que su hijo Carlos III ordenase la retirada de todas las estatuas. Esta operación se terminó el 18 de abril de 1760.

Sólo quedaron en su sitio los cuatro emperadores romanos. El resto permanecieron guardadas en las bóvedas de palacio bajo la terraza norte hasta el año 1787 en que se empezaron a dispersar por muchas ciudades y jardines españoles.

Así quedó el palacio hasta la restauración de 1970 en que algunas de estas efigies se colocaron de nuevo en sus lugares primitivos  mientras que otras se asentaron sobre basas que no les correspondían de la fachada oriental.


BIBLIOGRAFÍA

Recuerdos portugueses en Madrid. José María Sanz García. Instituto de Estudios Madrileños. 1992

lunes, 19 de noviembre de 2012

Doña Isabel de Portugal, reina de Castilla



La actriz Clara Sanchís interpretando a Isabel de Portugal.
Foto: rtve
 
Isabel de Avis y Braganza no era hija de rey y por lo tanto tampoco princesa de Portugal como si lo fuera la madre de Felipe II, Isabel de Avis  y Trastámara. Eso no fue obstáculo para que algunos de sus ascendientes y descendientes fueran llamados a reinar contra todo pronóstico sucesorio, como ocurrió con su abuelo paterno Juan I, el de la buena memoria y fundador de la dinastía Avis, su sobrino Manuel I, el afortunado y, ya en Castilla, ella misma y su hija Isabel I, la católica. 


Isabel de Portugal.
Foto: Mujeres de leyenda.



SU FAMILIA   
 
Doña Isabel de Portugal era hija del infante Juan, quinto hermano de los seis integrantes de la denominada por el poeta Camões Ínclita generación, creada por Juan I y Filipa de Lancaster. Su madre era Isabel de Barcelos, nieta de Juan I por rama ilegítima y de Nuno Álvares Pereira, Condestable de Portugal.

El hecho de ser hija de infante, con pocas posibilidades de gobernar, es el motivo por el cual hay pocas noticias sobre ella (ni siquiera se sabe la fecha y lugar de su nacimiento) hasta el momento de su matrimonio con Juan II de Castilla el 22 de julio de 1447 en Madrigal de las Altas Torres (Ávila).

 
Juan II de Castilla.
Foto: Foro dinastías.

Su personaje está rodeado de luces y sombras, silencios y muchas muertes, unas naturales y otras... no tanto. A ella se le achaca ser la transmisora de una patología entonces conocida como melancolía. Su tío D. Duarte I, que sufrió una gran depresión hasta su muerte, sería el antecedente más conocido, saltando la enfermedad de dos en dos generaciones hasta Juana I de Castilla, conocida como la loca.
 
En 1442 muere prematuramente con cuarenta y dos años el padre de Isabel, por entonces Condestable del reino y hombre de confianza del entonces regente, su hermano D. Pedro (nombramiento que le dio la ciudad de Lisboa hasta la mayoría de edad del heredero de D. Duarte I y futuro rey Alfonso V el africano, al que ya conocimos en los famosos tapices de Pastrana).



D. Alfonso V de Portugal en el Cerco de Arcila.

En el sepulcro de su padre, el infante Juan, figura la enigmática divisa francesa "J' ai bi raison" (Yo tengo razón) que se interpreta como una declaración de su seguridad moral, tenacidad y valentía, cualidades que su mujer y su hija Isabel sabrán transmitir a su descendencia.
 
Desde este momento el tío de Isabel y regente D. Pedro comenzará a pensar para ella un destino brillante al que se une la importante herencia que recibe de su hermano mayor Diego, muerto también prematuramente en 1443.



Isabel de Portugal. Foto: Wikipedia.
 
SU MATRIMONIO, ÁLVARO DE LUNA, PACHECO, SU PRIMA JUANA...
 
Mientras tanto en 1445 muere María de Aragón, primera esposa de Juan II de Castilla. Su valido Álvaro de Luna, gran amigo del regente D. Pedro de Portugal, pide ayuda militar a este ante al ataque que los infantes de Aragón, aliados con la oligarquía de la nobleza castellana, le declaran para acabar con su poder.  
 
La gran deuda que Castilla contrae con Portugal tras el éxito obtenido con la ayuda de D. Pedro en la Batalla de Olmedo se saldará, a propuesta del valido, convirtiéndola en dote, mediante el matrimonio entre Juan II e Isabel de Portugal.
 
La propuesta de Álvaro de Luna era ventajosa para ambas partes. Isabel se convertiría en reina de Castilla a pesar de ser hija de infante, no de rey, pero nieta del poderoso duque de Braganza y Castilla se aseguraba un fuerte aliado frente a futuros ataques de la coalición enemiga.

Pero al llegar a Castilla, Isabel se encontrará con un reino asediado por el egoísmo de la nobleza, la ambición de los infantes aragoneses, un marido débil e indolente, un príncipe heredero con fama de impotente y un oscuro personaje que trataba de controlar todo, hasta las relaciones entre la pareja real: el valido del rey.


El condestable Álvaro de Luna. Fragmento
 del retablo de Sancho de Zamora en la
 capilla de Santiago de la catedral
 de Toledo. 1488.
Foto: Wikipedia

Al igual que había sucedido con la primera esposa de Juan II, Isabel desarrolló desde su llegada a la corte castellana una invencible enemistad por el condestable. La reina, sin embargo, consiguió romper el cerco que Álvaro de Luna mantenía en torno al rey y adquirió sobre éste una gran influencia. Lograría vengarse mucho más tarde conspirando contra él, ser juzgado y acabar en el patíbulo en 1453.

Otra sorpresa aguardaba a Isabel. Si Álvaro de Luna había planeado su boda con el verdadero propósito de conseguir un descendiente más apto para el trono que el príncipe heredero Enrique, una intención parecida tuvo la mano derecha del príncipe y aspirante a valido, Juan Pacheco, marqués de Villena. Para conseguir una descendencia directa del príncipe de Asturias urdió, ante el asombro de la reina, un segundo matrimonio -tras el fracaso del primero- con Juana de Avis, hermana de Alfonso V de Portugal y prima directa de Isabel.

Juana de Avis y Aragón.
Foto: Mujeres de leyenda.

La lucha por el poder estaba servida. Este es el germen del periodo más turbulento de Castilla, de facciones enfrentadas por el poder entre distintos herederos, hermanastros y sus validos que se saldará con un final inesperado y con el derramamiento de mucha sangre.
 
Isabel de Portugal tuvo dos hijos: la princesa Isabel, nacida en Madrigal de las Altas Torres en 1451 y el infante Alfonso, nacido en Tordesillas (Valladolid) el 15 de noviembre de 1453 y muerto por envenenamiento el 5 de julio de 1468 en Cardeñosa (Ávila).


Sepulcro del infante Alfonso de Castilla.
Gil de Siloé. Cartuja de Miraflores.
Foto: Artehistoria. 

SU VINCULACIÓN CON MADRID

Aunque durante sus primeros años de matrimonio Isabel de Portugal acompañó al rey en la tradicional itinerancia de la Corte castellana, pronto se estableció de una manera casi permanente entre Madrigal de las Altas Torres y Arévalo donde crió a sus dos hijos.

Después de la muerte de Juan II en 1454, Isabel se retiró definitivamente al castillo de Arévalo, donde pasó el resto de su vida como reina viuda. Durante muchos años sufrió, según las crónicas, un grave deterioro mental, que degeneró en demencia. Murió en agosto de 1496 ya anciana y fue enterrada en Arévalo.

La ausencia de datos históricos que confirmen la presencia de la reina en Madrid no descartan la hipótesis, por otro lado lógica, de la vinculación de Isabel con nuestra villa durante un primer periodo de su matrimonio acompañando a su marido.

En Madrid se celebraron varias Cortes y su viejo Alcázar de origen musulmán siempre fue refugio seguro y descanso de los Trastámaras. También es conocida la afición de Juan II por la caza y los montes del Pardo con su pabellón de armas -origen del palacio del Pardo- fueron escenarios habituales de la presencia de Juan II de Castilla en Madrid, como nos lo demuestra nuestro buen amigo Jesús, autor del imprescindible blog Pasión por Madrid.

SU BELLEZA
 
La belleza de Isabel de Portugal despertó la admiración de la corte, incluida la del propio rey de quien se dice que tenía una pasional atracción por su valido desde la adolescencia.
 
Isabel poseía los bellos rasgos de su abuela paterna Filipa de Lancaster, con ojos azules, cabello rubio rojizo y piel muy blanca, que heredó también su hija Isabel I la católica.

Las actrices Clara Sanchís y Michelle Jenner interpretando
a Isabel de Portugal e Isabel de Castilla. Foto: rtve
 
Para ella compuso el Marqués de Santillana los siguientes versos donde la compara con una obra divina:
Dios os hizo sin enmienda / de gentil persona y cara, / y sumando sin contienda, / cual Giotto no os pintara.
 
Queríamos, finalmente, aproximarnos a una imagen algo más contemporánea de ella y para eso nos hemos fijado en el bellísimo sepulcro gótico isabelino de la Cartuja de Miraflores (Burgos), labrado en alabastro por Gil de Siloé en 1489. Sus restos mortales fueron trasladados allí por expreso deseo de su hija la reina Isabel I, para ser inhumados junto a los de Juan II en 1504, poco tiempo antes de morir la reina católica.


 
 
Fotos: Algargos, arte e historia.
 
También está representada en las figuras orantes del Retablo mayor de la Cartuja de Miraflores, obra tallada en madera policromada del mismo autor.


Foto: Artehistoria

En todas sus representaciones, incluida la más reciente de ellas en televisión, se repiten esas  facciones estilizadas, algo frías, alejadas del ideal de belleza más carnal de nuestra península pero enraizadas con el arquetipo de belleza medieval de la Beatriz de Dante.

...Y SU LEGADO

Si al inicio de esta historia señalábamos el dato del lema de su padre: J' ai bi raison como una de las cualidades transmitidas a la familia, es de justicia concluir que el mayor legado que Isabel de Portugal legó a la historia fue su hija Isabel.

No nos moveríamos en el terreno de la hipótesis, como corroboran muchos biógrafos de Isabel I, si afirmamos que los relatos que la infanta escuchó de su madre y de su abuela durante su infancia y adolescencia tuvieron gran influencia en ella. Relatos sobre unos infantes portugueses cultos, conquistadores, navegantes y religiosos: la Ínclita generación.

En su mentalidad se forjó una idea diferente de la que había en Castilla sobre la conquista de los territorios en manos "infieles". Una concepción mezclada con la aventura de la expansión ultramarina, con la importancia del tráfico comercial y la fascinación por los descubrimientos y el oro que más tarde le haría dejarse llevar por los "cantos de sirena" de un marinero genovés ¡venido de Portugal!.


Retrato de Isabel I. Juan de Flandes.
Hacia 1485. Museo del Prado



BIBLIOGRAFÍA

Infantas de Portugal, Rainhas em Espanha. Marsilio Cassotti. Ed. A esfera dos livros. 6ª ed. 2012.

miércoles, 11 de julio de 2012

San Antonio de Lisboa y Padua (II)



Continuamos el recorrido por los escenarios mas significativos que Madrid dedica al santo lisboeta y nos encontramos con la Iglesia de San Antonio de los portugueses, posteriormente de los alemanes y denominación actual. Está en el barrio de Malasaña, en la Calle de la Puebla nº 20 esquina con la Corredera Baja de San Pablo.

EXTERIOR

Estamos ante una iglesia de planta ochavada al exterior, con tambor cubierto por un gran chapitel octogonal e irregular como puede apreciarse con extraordinario detalle en el imprescindible plano, más bien perspectiva, del portugués Teixeira.


San Antonio de los portugueses en el plano de Teixeira

La manera en que está cubierto el templo es una de sus curiosidades  y técnica habitual en las iglesias barrocas madrileñas. Se trata en realidad de bóvedas encamonadas, elaboradas con materiales ligeros y baratos como la madera, la pizarra y el yeso. La técnica es la opuesta a la masiva o pétrea empleada en épocas anteriores con mayores recursos económicos como ocurrió en la Basílica del Escorial. Sin embargo, la fórmula no renunciaba a la vistosidad puesto que el interior podía ir decorado, a veces de modo fastuoso como veremos que sucede en este templo.


Esquema en sección de una bóveda encamonada


La Iglesia hace parte de un conjunto que ocupa la manzana completa fundado como Hospital de los portugueses, institución creada en 1606 por Felipe III.

San Antonio de los portugueses se comenzó a construir en 1624 y se concluyó en 1633. La autoría de los planos es del jesuita Pedro Sánchez con la colaboración de Juan Gómez de Mora, bajo la dirección del Maestro de obras Francisco Seseña.

Mariana de Austria, segunda mujer de Felipe IV, lo cedió en 1668, tras la separación del reino portugués, a la comunidad de católicos alemanes muy numerosa entonces. Fue en ese momento cuando se cambió la denominación de la iglesia y hospital, manteniéndose la advocación de San Antonio.



La fachada de ladrillo visto, es obra de Juan Gómez de Mora. Fue restaurada en 1886 por Antonio Ruiz de Salces, dándole un aire neogótico en los recercados de los huecos. Nos recibe una espléndida escultura en piedra de San Antonio, obra del también portugués Manuel Pereira (al que dedicaremos más adelante un artículo) dentro de una hornacina, que remata la portada de lineas sencillas de granito. Nos gusta mucho la expresión de su rostro, con una mezcla de ternura y simpatía ante la contemplación del niño Dios.



Pero la verdadera sorpresa se encuentra al traspasar ese umbral. Nos encontraremos ante un espacio interior que emociona, un gran trampantojo teatral, pensado para el disfrute de los sentidos. Es rotundo, unitario y al mismo tiempo dinámico, características barrocas que parecen corresponderse también con el titular del templo, San Antonio.

INTERIOR

El exterior ochavado no permite adivinar un interior de planta elíptica y abovedada. Sólo hay un precedente en España en la Iglesia del Convento de las Bernardas de Alcalá de Henares que también trazó Juan Gómez de Mora en 1619. Su diseño se basó en la romana Santa Anna dei Palafrenieri que Vignola ideó en 1565.


Iglesia del Convento de las Bernardas. Alcalá de Henares


Santa Anna dei Palafrenieri. Ciudad del Vaticano. Roma

La más conocida de Sant´Andrea al Quirinale de Bernini es de 1658 y por tanto posterior a la madrileña. En este caso, Bernini da una vuelta de tuerca más al dinamismo barroco y presenta el eje menor de la planta elíptica como el eje principal, forzando aún más el juego de perspectiva. A su vez, este templo se inspira en el semiesférico Panteón de Agripa romano, con sus capillas entre contrafuertes.


Sant´Andrea al Quirinale. Roma.


Pero volvamos a Madrid. La exuberancia y calidad decorativa que tiene esta iglesia, la hacen única en el barroco madrileño. Prácticamente desde el suelo, se desarrolla un ciclo pictórico pintado al fresco, dedicado en su mayor parte a San Antonio, que se extiende hasta llegar a la apoteosis de la bóveda con lunetos.




Hacia 1660 Francisco Ricci y Juan Carreño de Miranda pintan la cúpula. El primero con arquitecturas fingidas, técnica introducida aquí por los italianos traídos por Velázquez, Mitelli y Colonna. Entre las columnas salomónicas y los lunetos están representados ocho santos portugueses y escenas de sus vidas. 



Juan Carreño de Miranda realiza en la parte central La Apoteosis Celestial de San Antonio, separada de la escena anterior por un gran entablamento fingido.



A finales del siglo XVII Luca Giordano, el pintor más solicitado en la Europa del momento, restaura las pinturas de la bóveda e introduce elementos barrocos como los fustes salomónicos, antes lisos. Decora los muros curvos con escenas de los populares milagros de San Antonio, simulando grandes tapices sujetos por ángeles y puttis. En la parte inferior se representan reyes europeos del medievo.






El retablo mayor es de mediados del XVIII del arquitecto Miguel Fernández y el escultor Francisco Gutiérrez. La escultura central de San Antonio en madera policromada es obra también de Manuel Pereira.




El espacio interior se completa con seis altares barrocos laterales en hornacinas retranqueadas con pequeños retratos ovales de los Austrias menores y las reinas consortes sobre la clave de las hornacinas.

No existen elementos arquitectónicos o estructuras auxiliares en el espacio interior que modulen el espacio. Esa misión está reservada exclusivamente a la pintura mural que todo lo envuelve. Los altares laterales, los huecos y lunetos sobre ellos están integrados en el conjunto pictórico respetando de esa manera la tensión y el protagonismo del muro curvo continuo y la bóveda dedicadas al santo lisboeta.



LA HERMANDAD

La iglesia pertenece desde el 1700 a la Hermandad del Refugio. Esta institución tenía el compromiso de prestar ayuda a los necesitados de Madrid. Un sacerdote y dos seglares de la hermandad, salían a las calles para buscar mendigos a los que ofrecer agua, pan blanco y un huevo duro. Se conserva todavía la plantilla de madera cuyo agujero servía para desestimar el huevo si por allí entraba, pronunciando la famosa frase: Si pasa, no pasa. Si no pasa, pasa. Lo que indicaba que el huevo era demasiado pequeño para el prestigio de la Hermandad a la que han pertenecido los reyes de España desde siempre, incluidos los actuales.

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Fotos:
Filipa Iraizoz Valido-Viegas

Agradecimiento:
A Carlos Osorio, por la magnífica visita guiada que nos ofreció.